9 de mayo de 2010

Hace algún tiempo en una tierra lejana, un joven príncipe vivía en un brillante castillo.
Pese a tener todo lo que su corazón deseaba el príncipe era rudo, egoista y poco amable.
Pero entonces, una noche de invierno una pobre anciana llegó al castillo y le ofreció una simple rosa a cambio de refugiarla del intenso frío. Asqueado por su menesterosa apariencia, el príncipe desechó el regalo y le ordenó que se alejara, pero ella le advirtió no dejarse llevar por las apariencias porque la belleza se lleva adentro. Y cuando la volvió a echar la fealdad de la anciana se evaporó para dar paso a una bella hechicera.
El príncipe intentó disculparse, pero ya era tarde, pues ella vio que no había amor en su corazón.
En castigo lo transformó en una horrible bestia y lanzó un poderoso hechizo sobre el castillo y todos sus moradores.
Avergonzado por su forma monstruosa, la Bestia se autoconfinó en el castillo con un espejo mágico como única ventana con el mundo exterior.
La rosa que ella le ofreció era una rosa encantada que florecería hasta sus 21 años. Si él aprendía a amar a otro y recibía su amor a cambio antes de caer el último pétalo entonces el hechizo se rompería. Si no, quedaría maldito y sería una bestia para siempre.
Los años pasaron, él se desesperó y perdió toda esperanza, pues...
¿Quién podría aprender a amar a una bestia?